Desde hace algún tiempo he pensado que cada vez que el reloj marca las 11:11 el universo se sintoniza de una manera mística y se potencia el deseo, cualquier cosa que pienses en ese momento tendrá más posibilidades de convertirse en realidad, un momento único que concentra un coktel de sentimientos. No es fácil concentrarse un minuto y enfocarse en un solo sentimiento, pero cuando lo logras, el minuto es eterno y se expande, más difícil aun es encontrar ese momento por casualidad. Bueno, sea como sea, lo importante es tener un deseo, para que cuando el momento te pille no te agarre desprevenido.
Y hablando de deseos, hace mucho quería diseñar una casa en Atitlan, en el lago más bonito del mundo, un espacio que contuviera la sencillez interior y la grandeza del entorno en una sola, y afortunadamente se cumplió. Un terreno de unos 8 x 7 metros, los perfectos 56 metros cuadrados, que contendrían tres espacios diferentes; el primero un apartamento de dos habitaciones y una planta libre, transparente y autentico. El segundo, un apartamento más privado con un único dormitorio master abierto completamente y que invitaba a subir a un mezzanine de madera muy acogedor, que a su vez contenía el tercer espacio, más intimo y seguro. El hecho de estar en el lago, es de por si una orquesta musical, donde las notas están puestas y la casa es un instrumento que sigue el ritmo, y si todo sale bien, la melodía se escucha (y se ve) por si sola.


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